El aprendizaje ocurre alrededor del fogón, entre panes recién horneados y perros somnolientos. La maestra corrige la tensión con una mirada, el niño imita, el abuelo narra un atajo entre cerros. Registrar nombres, prácticas y pequeñas variaciones asegura continuidad, y contagia orgullo para que nadie sienta vergüenza de sus manos laneras.
Fotografiar urdimbres, grabar entrevistas y mapear rutas de recolección crea un archivo útil para enseñar, vender mejor y defender derechos. Las plataformas digitales conectan valles lejanos y abren encargos personalizados. Con consentimiento informado y respeto, la tecnología fortalece la autonomía, sin reemplazar la conversación lenta que hace nudos firmes y amistades largas.